CRÍTICAS Y RESEÑAS

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22/07/2017 – Reseña de «Una cierta verdad» por Mariano Cuesta en eldiario.es

De Retrones y hombres

 

Hace unos días me topé de casualidad con el documental “Una cierta verdad”(2008) y me pareció un ejercicio de un enorme respeto tanto al tema que trata como al género en que se desarrolla.

“Una cierta verdad” es la mirada de Abel García Roure, al mundo de las enfermedades mentales, más particularmente centrada en cinco historias que durante dos años han sido la referencia para arrojar un poco de luz a qué ocurre dentro de las personas con este tipo de enfermedades. Se desarrolla en el centro psiquiátrico Parc Taulí.

Lo que más me llamó la atención del documental es que su mirada es aséptica pero no es fría, trata con un cariño tremendo cada testimonio, pero a la vez no se deja inundar por lo que está contando. A través de las palabras de los cinco protagonistas cuyas historias van tomando cierto peso. También se muestra la voz de los profesionales, tantas veces infravalorados.

La historia central sobre la que pivota el documental es la de Javier, un hombre que tiene un universo propio, con una capacidad enorme para expresarse, tanto a través de sus pinturas o como sus escritos. Expresa su enfermedad con el término “radio mental”. Lo más llamativo es que su corpus lógico es coherente, dentro de su realidad todo tiene lógica y no extraña.

Javier es uno de los que da la cara y se muestra tal y como es, mientras que el resto prefieren mantener su identidad oculta. Nos muestra con todo lujo de detalles un mundo interior muy rico en detalles. Sus pinturas y sus explicaciones son magnéticas y rompen de manera radical con el concepto de enfermo mental. La escisión del “yo” y su caso, plantea durante la charla de los psiquiatras un retrato de cómo la enfermedad puede ofrecer ciertos datos para poder tratarse.

Javier cuestiona constantemente el sistema, plantea preguntas lógicas desde su punto de vista. “No necesito medicación” dice en algún momento del documental. Cuestiona desde el punto de vista relativista posmoderno el hacer de los sanitarios.

La mirada de este documental cuestiona los puntos de vista maniqueístas, no quiero decir con esto que no sean enfermedades mentales, estoy diciendo que el concepto de enfermedad mental es algo que hay que tratar con cuidado y que sus límites parecen difuminarse cuanto más nos acercamos. Sobre todo hay que empezar a dejar de tratarlos como personas irracionales, de tratarlos desde su enfermedad y tratarlos como “personas únicas” como dice una de las psiquiatras del centro. ¿Cómo se puede facilitar la vida de esa persona? ¿Qué necesidades tiene? Digamos que cada persona tiene unas necesidades distintas y que dentro de la enfermedad hay miles de matices, de cosas distintas, de aristas…

Este documental pone sobre la mesa la fragilidad del ser humano y cómo cualquier circunstancia traumática puede desgarrarnos de tal manera que nos separe de la realidad.

El tratamiento de los pacientes es exquisito, con un total respeto y humildad, escuchando y dando espacio a las opiniones, por muy disparatadas que sean. Un ejemplo de buen hacer y de buen cine documental.

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25-05-2009 «Certeza delirante, duda razonable» Reseña «Una cierta verdad» por Juan Miguel Company en Rebelión

En un momento determinado del film, el paciente Javier Sánchez Vázquez enuncia una queja sobre el tratamiento al que le tienen sometido: el psiquiatra se limita a extender una receta y luego pregunta, rutinariamente, cómo se encuentra el enfermo. No deja de ser un buen diagnóstico del actual estado de cosas en el que se halla inscrito el discurso psiquiátrico y que Élisabeth Roudinesco denunciara, con singular pertinencia, hace un par de años en La part obscure de nous mêmes  [1] a propósito de cómo los promotores del célebre Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (Diagnostic and Statiscal Manual of Mental Disorders, DSM) “…estaban abandonando definitivamente la terminología psicoanalítica, psicodinámica o fenomenológica –que había humanizado a la psiquiatría durante sesenta años dotándola de una filosofía del sujeto-, para sustituirla por criterios comportamentales de los que se hallaba excluida toda referencia a la subjetividad. El objetivo era demostrar que el trastorno de la mente concernía exclusivamente a la psicofarmacología o a la cirugía, y que podía ser reducido a un desorden, a una disociación, es decir, a una avería del motor.” [2] 

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10/1/2017 – Battling Voices_ Schizophrenia as Social Relation in Abel García Roure’s Una cierta verdad [A Certain Truth] (2008)

Battling Voices_ Schizophrenia as Social Relation in Abel García Roure's Una cierta verdad [A Certain Truth] (2008) _ Fraser _ Disability Studies Quarterly.jpg

Introduction

A compelling portrayal of the individual experience of schizophrenia, a denunciation of the brutality that systematically accompanies its medical treatment, and perhaps something of an apology for our collective failure to bridge the distance between the cognitively-abled and those living with this illness—Una cierta verdad is all of these things.

Born in Barcelona in 1975, director Abel García Roure studied filmmaking with Joaquim Jordà at the Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, and counts among his accomplishments positions as assistant director on the films En construcción[Work in Progress] (2000), directed by José Luis Guerín, and El cielo gira [The Sky Turns] (2004), directed by Mercedes Álvarez. This, his first long-form cinematic product, is a highly nuanced documentary prioritizing the interplay between the film’s two privileged groups: providers and patients. The battle of voices we watch unfold on screen, then, is not constituted by the medicalized self-talk of the person with schizophrenia, 1 but is instead a social dialogue between these two polarized groups of actors.

This dialogue—one that is simultaneously clinical and social—is pushed forward by two sets of goals so deeply divergent that conflict is unavoidable. To put this into terms that are far too stark to match the director’s perspective, but that illustrate the crux of the matter nonetheless: providers focus on the disease, abstracting it from the patient, who becomes a mere residue or afterthought; on the other hand, patients yearn for a quality of life whose elusiveness is frequently compounded by the imprecise doses or debilitating effects of medications they are forced to suffer. The potential resolution of this conflict—in this Disability Studies reading of García Roure’s film—seemingly lies outside of the clinical institutions into which we are drawn along with these necessarily social actors. Ultimately, the film suggests that it is the clinical paradigm’s low tolerance for nuance and lack of precise tools that in fact perpetuates this ongoing battle of voices. The resulting picture emphasizes schizophrenia as a psychiatric disability that must be understood simultaneously as a social relation.

The release of Una cierta verdad in 2008 is best understood as part of a longer history of attempts to draw attention to the needs of people with schizophrenia living within the Spanish state. It is important to acknowledge that contributions from not only the social and medical but also the cultural/artistic spheres have figured in that longer history. The references here to the Spanish state are a stand-in for an historically and contemporarily heterogeneous grouping of distinct language and culture groups (including also Catalan, Galician and Basque, for example). Here I attend to García Roure’s focus on Barcelona and his inclusion of dialogue in both Spanish and Catalan, but readers should be aware that films emanating from a specific linguistic and cultural tradition are likely to be viewed by audiences throughout the Spanish state. With this in mind, the Spanish Transition toward democracy, following the death of dictator Francisco Franco on November 20, 1975, offered new opportunities to address mental health issues through community frameworks, but also created new hurdles:

The development of a system of comprehensive community services and the deinstitutionalization process started in Barcelona at the beginning of the 1980s […] Before deinstitutionalization, patients with severe schizophrenia lived in hospitals and most of their basic needs were met by the institutions. Nowadays in Spain, with admission to long-stay inpatient units very uncommon, patients live in the community. (Ochoa et al. 201, 202)

A highly relevant study from 2001 noted that the patients in the Catalan context continued to have insufficient access to community-based psychiatric services even in the twenty-first century. 2 In addition, it must be considered that people with schizophrenia living in the community have needs that are not always seen in the same way by patients themselves and by outpatient program staff. While psychotic symptoms were the most frequent need identified by patients taking part in the above study (Ochoa et al. 206), only the relatively low rating of «fair agreement» on needs regarding drugs and psychotic symptoms was reported among both patient and staff populations (Ochoa et al. 205). 3 Moreover, another study carried out by a large collective of researchers drawn from locations across the Spanish Sate—including those in Barcelona, Madrid, Asturias, Valencia and Málaga—validated the concerns expressed by some that antipsychotic drugs carry additional health risks that are not fully understood (Bobes et al. 171). 4

Cultural products have worked to bring these interrelated issues concerning treatment for schizophrenia to the forefront of public discourse, and—contrasted with specialized research articles—have the benefit of reaching a much wider audience. For example, the informational documentary 1% esquizofrenia [1% Schizophrenia] (2006), directed by Ione Hernández and produced by Julio Medem, was a high-profile attempt to draw attention to the existence of this psychiatric disability as well as to the social dynamics implicated in its post-Transition treatment. Compared with Hernández and Medem’s film, which was released two years earlier than García Roure’s film, Una cierta verdad is a much more challenging cinematic text. This is, in part, because it raises important questions regarding the role patients have in directing their treatment—the social inequity that compels them, through threat of violence and in fact through brute force, to accept medications with debilitating side effects whose risks are not completely understood. But Una cierta verdad‘s artistic composition and narrative structure also require more of viewers. All documentaries are by their very nature artistic constructions, even though the wider public may take them to be mere reflections of an extra-filmic reality. Though García Roure’s film is a documentary, the specific artistic decisions that have been made—the shots captured, camera positions, editing and pacing, costuming, and prop symbolism—all play a role in emphasizing the limitations of a contemporary clinical paradigm whose current approach to schizophrenia relies more on power than knowledge, on force rather than precision. Instead of grouping analysis of such representational strategies into one of the article’s sections, these are in fact explored in all three.

In the first section titled «Madness, Cognitive Disability, Film,» this article explores three crucial points of reference that contextualize the present analysis of García Roure’s film: the growing interest in the historical separation between madness and reason, the cognitive and the global turns in Disability Studies, and of course the representation of cognitive disability in film specifically. Next, in the section «Una cierta verdad as Cinematic Window: Perspective, Commitment and Dialogue,» it introduces readers to the major characters and enduring patient-provider conflict presented therein. Here the article asserts the director’s social commitment, introduces the documentary’s major protagonists, and continues to assert the imprecision of psychiatric clinical practice as a major theme. Then, in «Beyond the Parc Taulí towards the Community» the visual narrative’s spatial dimensions take center stage. That is, the Parc Taulí hospital in Sabadell (Barcelona) is portrayed as the site of an emanating material and discursive power that impacts patients far beyond the limits of its walls. And finally the  brief conclusion returns to the film’s title and closing sequence—which drives home the central insight and social commitment of García Roure’s captivating cinematic essay.

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07/05/2009 «‘Una cierta verdad’: Buscando la luz». Reseña en El Séptimo Arte

VÍA EL SÉPTIMO ARTE POR  07 DE MAYO DE 2009

Tomando como punto de encuentro el centro hospitalario Parc Taulí de Sabadell, ‘Una cierta verdad’ es un documental que se fija en la vida de cinco pacientes esquizofrénicos. A través de de las impresiones expresadas tanto por médicos como enfermos, y a través también de la relación entre ambos colectivos, se iniciará un escalofriante recorrido por el mundo de la locura. Estigma social para unos, enfermedad incurable para otros, o incluso maldición, estamos aquí ante algo parecido a un oscuro túnel en el que es tarea casi imposible encontrar algún resquicio de luz. Viendo ‘Una cierta realidad’ cuesta creerse que éste sea el primer trabajo serio en solitario de Abel García Roure. La verdad es que tratar un tema tan complejo como lo es el laberinto que significa la mente humana es una obra nada fácil de llevar a cabo. Sin embargo, el cineasta catalán encara la problemática como un auténtico maestro. Para ello la labor de Sol López Riestra en las funciones de montaje, es impagable.

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8/5/2009 «Una respetuosa y emocionante mirada al centro del universo de la locura» de Oti Rodríguez Marchante en ABC

El debutante Abel García Roure elige un penoso lugar para mostrarse como director: un hospital psiquiátrico. En realidad, su intención no es mostrarse a sí mismo, ni siquiera el interior de ese centro (el hospital de Sabadell), sino destapar y exhibir el interior de la cabeza de unos personajes, cuya patología se manifiesta «en directo» en la pantalla con mucho miramiento y respeto, aludiendo a lo esencial (seres humanos llenos de miedo, perplejidad y carteles de auxilio) pero sin obviar lo otro: las limitaciones y en algunos casos los riesgos de su vida -y los que le rodean- fuera del centro y del control.
«Una cierta verdad» mantiene a rajatabla y a pesar del título una de las mejores leyes del documental: la realidad no está manoseada. Hay algunas secuencias -sin duda, las mejores de la película- en las que los protagonistas (enfermos) se delatan a sí mismos con una ingenuidad y una transparencia entrañables, que descorazona, y con una cámara tan cercana que se aprecia casi como un consuelo, una caricia.
Y esos momentos valoran la película, a la que, sin embargo, puede hacérsele un reproche de tipo funcional: se alarga, se enrosca en su propia mirada… Aunque la santa paciencia que muestra el asistente social es el camino para captar la complejidad de la trama: el paciente se defiende con apariencia de «normalidad» y el sistema se defiende con «remedios», tantas veces peores que la propia enfermedad.